Diputado
«Y es legítima esta rabia, porque la paciencia de muchos está tocando a su fin. Son demasiados años viendo cómo se desmoronan las tasas de propietarios jóvenes y de propietarios de rentas bajas; demasiados años viendo cómo se encarecen los alquileres, por el desajuste brutal entre la gente que busca uno y los pisos disponibles; demasiados años viendo cómo apretujamos en cuchitriles de Madrid o Barcelona a la juventud de medio país, porque algunos decidieron que lo mejor era arruinar su industria, su campo y sus comunidades; demasiados años viendo cómo la vivienda pública se ha convertido en una figura legendaria de la que muchos hablan, pero que nadie ve. Son demasiados años, en definitiva, viendo cómo se disfraza la precariedad con anglicismos y nombres cuquis, pero, aunque la precariedad se vista de seda, precariedad se queda. (Aplausos). La gente se está echando a la calle desesperada queriendo encontrar un rumbo, un norte, una herramienta, una brújula. Unos votan a unos, otros votan a otros, hay incluso quienes no votan, pero todos tienen clara una cosa, que es casi un sentido común de época: que quieren certezas, que quieren poder pagar su casa con el fruto de su esfuerzo, que quieren que esta casa esté cerca de los suyos para poder ver a sus padres, a los abuelos, a los hermanos, a sus amigos, es decir, para no estar solos; que están hasta las narices de ir dando tumbos de un lado a otro, que no quieren seguir siendo adictos a las notificaciones de bajada de precio de Idealista, que quieren echar el ancla en algún lugar.»
Fragmento 2 de 8 de esta intervención.