Diputado
«Como es sabido, la filosofía que impregna el modelo cooperativo es muy grata, muy próxima a la tradición conservadora, aunque usted se haya empeñado en hacer ver que nos preocupa que la gente coopere. No, no, el cooperativismo es muy grato, muy próximo y muy caro a la tradición conservadora, siempre muy preocupada por las economías de escala humana y por garantizar el pleno desenvolvimiento de las personas en sus unidades naturales de convivencia: la familia, el vecindario, la parroquia, la comunidad, el trabajo, el territorio... De hecho, es tan próxima que resulta imposible rastrear las raíces de la economía social y no toparse de bruces con los nombres, por ejemplo, de Chesterton, de Belloc y de la teoría distributista; es imposible seguir estudiando las raíces de la economía social y no toparse con la doctrina social de la Iglesia, con el principio de subsidiariedad, con la encíclica Rerum Novarum, con Quadragesimo Anno, con Emmanuel Mounier, con los personalistas comunitarios, con los orígenes de la democracia cristiana, con los no conformistas franceses, con los inicios de las primeras cajas rurales, con el sindicalismo agrario... Es absolutamente imposible y a nadie ha de extrañar este parentesco, porque el cooperativismo, señora ministra, constituía sobre todo una tercera vía y una esperanza; una tercera vía entre la concentración de poder en el capital y la concentración de poder en el Estado; una alternativa humana que ambicionaba familias fuertes y comunidades fraternas; una alternativa que ante el avance del individualismo más ramplón y egoísta y del colectivismo más gris, lo que quería era justamente más sociedad, más protagonismo para la gente común y más protagonismo para las personas. (Aplausos).»
Fragmento 3 de 6 de esta intervención.