María Guijarro CeballosPSOE
Diputada
«Eskerrik asko, mahaiburu andrea. Arratsalde on, señorías. Que paren el mundo que me quiero bajar. ¿Les suena? Si Mafalda o Quino levantaran la cabeza gritarían a pleno pulmón esto frente al estruendo de la motosierra. Y ese grito, ese deseo de bajarse del mundo deben estar sintiéndolo millones de mujeres, de niños, de niñas, de hombres, que claman con sus propias voces desde sus países para que los veamos y, sobre todo, los miremos, para que los oigamos y, sobre todo, los escuchemos, para que los acompañemos en su lucha por recuperar la justicia y la igualdad que nunca debieron perder. (Aplausos). No podemos mirar hacia otro lado mientras que se desmantela la arquitectura de la ayuda humanitaria y de la cooperación al desarrollo en Estados Unidos y en algunos países de la Unión Europea. Es un mensaje de desesperanza y, además, es un mensaje de torpeza geopolítica, y nos obliga a reaccionar de una forma firme y también inteligente, porque la cooperación al desarrollo no solo es solidaridad, es una inversión en estabilidad global. El mundo está interconectado, lo sabemos; las pandemias, las guerras o las crisis energéticas no conocen fronteras, así que la solidaridad internacional evita conflictos, contribuye a la seguridad, por ejemplo, en el eje del Mediterráneo, reduce los efectos boomerang y fomenta economías sostenibles en nuestros países socios. La solidaridad internacional protege los derechos humanos, fortalece el Estado de derecho y contribuye a una sólida gobernanza democrática. Por eso, el compromiso con la cooperación es irrenunciable. Les leo algo que dice el Servicio Jesuita a Refugiados: A corto plazo las vidas de muchas personas, las más vulnerables, están en juego; a medio y largo plazo también lo está nuestra capacidad para hacer frente al cambio climático, los flujos migratorios o las pandemias. Ningún país puede responder en solitario a tantos desafíos globales. (Aplausos).»
Fragmento 1 de 4 de esta intervención.