Carlos Martín UrrizaSumar
Diputado
«Se ha terminado la estupidez de que el mercado sirve para arreglarlo todo, la tontería de creer que el sector privado es siempre más eficiente que el sector público. Se acabó creer en el delirio de que el egoísmo individual conduce al bienestar colectivo o que la maximización del beneficio privado debe prevalecer sobre cualquier otro criterio de asignación. Todo esto ya no es una ideología trasnochada, sino pura teología, a la luz de lo que nos ha pasado o de lo que se puede avecinar. La pandemia, la crisis inflacionista, la guerra arancelaria o el apagón han mostrado la relevancia del Estado para gestionar la incertidumbre y la adversidad y asegurar aquello que es estratégico para nuestra independencia y supervivencia, pero también ha puesto de manifiesto que el Estado ha desertado de su obligación de garantizar un acceso universal y asequible a todo aquello que es básico para la vida, así como de cuidar lo estratégico para asegurar nuestra autonomía. Por eso, cuando llegó la pandemia descubrimos que no teníamos ni mascarillas ni respiradores, o recientemente se tuvo que reaccionar a toda prisa cuando nos enteramos de que el grupo directivo de la empresa líder de comunicaciones de El País maniobraba para que su control cayera en manos de una satrapía. Y, si miramos hacia el pasado, la historia de las empresas públicas estratégicas acabó como el rosario de la aurora. Déjenme darles un botón de muestra, la privatización de Endesa y de las cajas de ahorros: la primera se vendió a una compañía estatal italiana, bajo el argumento de que el Estado no gestiona bien empresas -parece que en Italia no primaba esta máxima-, y las segundas, las cajas de ahorro, se vendieron a precios de saldo a los bancos privados tras un saneamiento multimillonario desembolsado por el contribuyente; a esto algunos lo llaman eficiencia de los mercados. (Aplausos).»
Fragmento 1 de 3 de esta intervención.