Gerardo Pisarello PradosSumar
Diputado
«Gracias. Hace unos días el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconoció aquí ante los ojos del mundo que había un Estado, Israel, y un Gobierno, el de Netanyahu, que estaban masacrando a decenas de miles de palestinos. Pero no lo hizo de cualquier manera; denunció que las bombas y que el hambre que están condenando a tantas mujeres, niños, ancianos tienen como objetivo impedirles ser pueblo, impedirles existir. Y todo eso, señorías, tiene un nombre: genocidio (aplausos); no cualquier nombre, sino el que designa el crimen más grave y lacerante que pueda cometerse contra un colectivo humano. En nuestra conciencia moral y política, los genocidios cometidos contra los pueblos judío, gitano, armenio, congoleño, contra las naciones indígenas de América y tantas más no son crímenes cualesquiera; son crímenes tan despiadados, tan encarnizados que no solo ofenden al pueblo concreto afectado, sino a la humanidad toda, y precisamente por eso no admiten la indiferencia o el silencio como reacción. Seguramente eso fue lo que quiso decir el presidente del Gobierno al sugerir que nosotros no mirábamos hacia otro lado y que por eso no comerciamos con un Estado genocida. Lo que ocurre es que esa frase, leída en su conjunto, dejó un mal sabor de boca, incluso un poco de rabia, porque sabía a media verdad, cuando no a falso testimonio. ¿Por qué? Porque según datos del propio Estado de Israel, hoy se sigue facilitando desde España la exportación e importación de armas que apuntalan las masacres contra Palestina. ¿Por qué? Porque según organizaciones como la Internacional Progresista o el Palestinian Youth Movement, puertos como el de Algeciras siguen utilizándose para pasar armas, munición, componentes hacia territorio israelí. ¿Por qué? Porque, según datos de la propia Secretaría de Comercio, se siguen manteniendo vínculos con empresas israelíes como Rafael y otras que se jactan de haber probado en Palestina el material de combate que luego venden. Y, frente a esa realidad incontrastable -hay que decirlo-, resulta un insulto que el ministro Albares o el ministro Marlaska o la ministra Robles pretendan minimizar estas denuncias o degradarlas a imprecisiones, porque estamos hablando, señorías, de más de quinientas entidades que llevan décadas estudiando cómo se perpetran estos crímenes en Palestina y la opacidad contractual que los caracteriza; porque estamos hablando de periodistas y de juristas serios, como Olga Rodríguez o Eduardo Melero, que saben que el embargo integral de armas es una manera clave para prevenir el genocidio, como advierte Naciones Unidas y como pide la Corte Internacional de Justicia; porque estamos hablando de festivales y de artistas como Fermín Muguruza, Reincidentes y tantos más que ya se están negando a participar en festivales impulsados por el fondo israelí KKR, vinculado a asentamientos ilegales; porque estamos hablando de críticas que han hecho aquí compañeros que dan apoyo al Gobierno en muchos otros temas, como Mertxe Aizpurua, Ione Belarra, Gabriel Rufián, Néstor Rego, Agustín Santos o como mañana hará Enrique Santiago. ¿Y por qué? Porque, si por la mañana se dice una cosa pero por la tarde se hace otra, lo que parecía valiente comienza a parecer falaz e hipócrita; porque, si por la mañana se grita genocidio pero por la tarde se sigue comerciando con las empresas que lo propician, lo que se produce es una degradación de la palabra empeñada; porque, si por la mañana se grita 'basta de muertes' pero por la tarde se ampara el negocio que la facilita, lo que parecía denuncia se convierte en complicidad. (Aplausos).»
Fragmento 1 de 6 de esta intervención.