Andrea Fernández BenéitezPSOE
Diputada
«Gracias, presidenta. Buenos días, señorías. Hoy hablamos de un intangible, las palabras, que en gran medida componen una de las pocas cosas que seguro que todas y todos aquí compartimos, que es nuestra lengua común; una lengua, el español, que, como muchas otras -el gallego, por ejemplo-, diferencia entre el masculino y el femenino, que es lo que nos trae a debatir la reforma del Reglamento del Congreso para su adaptación a un lenguaje más paritario. Y es que, como todas las lenguas, la nuestra también está sujeta a sus contextos y describe la realidad de la forma en que la concebimos, no de manera neutra ni de manera objetiva. La lengua está tamizada por los estereotipos, por las estructuras que definen nuestras sociedades, por el poder o por la ausencia de él. El uso de la lengua señala el origen, nuestra forma de pensar, habla de la globalización e, incluso, de nuestra clase social. La lengua es, definitivamente, una parte orgánica de lo que somos. Dice la lingüista sevillana Lola Pons que las lenguas tienen un estándar, una vara de medir que incluye un conjunto de modelos ejemplares, y no rígidos, que se actualizan a medida que la realidad cambia los patrones de comportamiento, porque, sí, la lengua no es estática ni pertenece a nadie, señorías, es mestiza, es rebelde y considerablemente insurrecta. Que se lo digan a las y los andaluces, humillados durante cientos de años precisamente por defender una forma, un habla que es pura cultura y pura identidad española. Basta una corta reflexión para entender que, en esta maraña de factores que determinan el uso del lenguaje, el poder juega un papel ejemplar. La lengua describe lo que ven los ojos del hablante, y lo que hemos visto durante siglos, señorías, es cómo el poder económico, social, político y cultural descansa en manos de los hombres. Señorías, lo que llamamos masculino genérico no es tal. No hay masculino genérico: hay un masculino dominante. (Aplausos).»
Fragmento 1 de 4 de esta intervención.