María José Rodríguez de Millán ParroVox
Diputada
«Nosotros tenemos muy claro que el rito taurómaco es, en su más pura esencia, un acontecimiento de fuerte raigambre hispánica y mediterránea, y creemos que quizá precisamente esa, su raíz fuertemente española, es la principal razón de su crítica, ataque y persecución. Únicamente les diré que estamos ante el enésimo intento de prohibir la fiesta de los toros de alguna forma, por diversos motivos que fueron ineficaces, porque muchísimo antes de que ustedes llegaran lo hizo Alfonso X en Las Partidas, cuando prohibió al clero asistir a los toros; lo hizo Felipe V; lo hizo Felipe VI; lo hizo Carlos III -por cierto, a raíz de esta última prohibición y de forma paradójica tuvo lugar el auge del toreo a pie-; lo hizo también Carlos IV, y hubo sucesivos intentos durante el siglo XIX. Es un acoso que no cesa ni durante el siglo XX, durante la Segunda República. Y aquí estamos. No lo consiguieron ellos y no lo van a conseguir ustedes. Es más, después de cada intento la tauromaquia ha resurgido más fortalecida; como cuando el Partido Socialista llegó al poder en el año 1982 y se dio cuenta de que la fiesta de los toros no era algo de derechas, y entonces se vivió una edad de oro, con figuras que ya tienen su lugar de gloria en el imaginario popular. Porque la historia nos demuestra que ni reyes ni papas ni ningún Gobierno de ningún tipo han podido acabar con la tauromaquia (aplausos), y mucho menos despojarla de su identidad cultural y popular. ¿Y saben por qué? Porque la tauromaquia ha sido uno de los ejes vertebradores de la sociedad española durante el siglo XX. Las corridas de toros han sido un lugar de enriquecimiento entre iguales, y por eso las élites, las mismas que hoy intentan acabar con esta expresión cultural disfrazadas de demócratas, han intentado acabar con ellas. Ningún poder ha podido someterlas, porque no pertenecen a ningún Gobierno ni a ningún partido político, sino al pueblo. (Aplausos). Para los legos en la materia, ya que me imagino que quienes proponen esta iniciativa desconocen por completo nuestra historia, he de decir que a principios del siglo XX se democratiza la fiesta de los toros -se democratiza, esa palabra que ahora tanto repiten mientras traen la censura debajo del brazo-, y se hace gracias a un torero, gracias a Joselito el Gallo, que decide proyectar todo un hito arquitectónico de la época: las plazas monumentales de toros. ¿Y para qué se hace? Para abaratar el precio de las entradas y que las clases más humildes pudieran acudir a las plazas de toros. Gracias a eso hoy vemos cómo plazas monumentales, como Madrid o Pamplona, rozan el lleno en sus ferias y con gente, por cierto, cada vez más joven. Y es un eje vertebrador que no solamente se da en las clases sociales, sino también en la literatura. Ahí tenemos, por ejemplo, Juan Belmonte, matador de toros, una de las mejores novelas del siglo XX, sobre el amigo y rival de Joselito. Seguro que ustedes han leído a Chaves Nogales. Y, poco después, aparecería un torero valenciano, Manuel Granero, que además de ser una de las máximas figuras de su época, es un virtuoso de la época. Y, entonces, se rodea de los mejores artistas líricos. Manolete abrió la visión que tenían los extranjeros de España, convirtiéndose prácticamente en una estrella de Hollywood. Dominguín fue admirado por uno de los artistas más importantes de la historia, por Picasso. Antonio Ordóñez inspiró a un premio Nobel, a Hemingway, y a un Óscar, a Orson Welles, y así podríamos seguir todo el día. (Aplausos). Arquitectura, literatura, música, pintura... La fiesta de los toros ha contribuido a formar la cumbre de las bellas artes de España. Pero ustedes vienen aquí con una iniciativa que lo único que demuestra es su indigencia cultural.»
Fragmento 2 de 3 de esta intervención.