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29N · faltan 25 días

Marc Lamuà EstañolPSOE

Diputado

«Gràcies, presidenta. Entraron en las escuelas, en librerías, en editoriales, en casas particulares; no buscaban armas, no buscaban dinero, buscaban libros. Los amontonaban en medio de la calle como basura, como desechos, y les prendían fuego, como si de un ritual de purificación se tratara. Así lo resumía Antonio de Luna, catedrático de Derecho, en el viejo huerto de la Universidad Central de Madrid, rodeado de miembros del SEU, brazo en alto y con notas del Cara al sol de fondo. Él dijo: 'Para edificar a España Una, Grande y Libre, condenamos al fuego los libros separatistas, los liberales, los marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos'. Todo lo que no gustara a esa nueva inquisición franquista debía ser pasto de las llamas. En 1936, ardieron pilas de libros en la dársena de A Coruña; en 1937, purgaron la biblioteca de la Universidad de Valladolid; 72 toneladas de libros ardieron en Barcelona, incluyendo la biblioteca entera del Ateneu Enciclopèdic Popular o las bibliotecas particulares de Pompeu Fabra y de Rovira i Virgili. No era rabia improvisada, señorías, no eran elementos desbocados e incontrolados, era un mensaje claro: a partir de ese momento, pensar iba a tener consecuencias. Porque sabían que, más allá de la tinta y el papel, los libros tenían -y tienen- el poder de hacer pensar a la gente, y un país que piensa es un país que no se somete. Necesitaban una España sumisa, una España callada, y lo hicieron también con el fuego. El fuego les ayudó a imponer el silencio, un silencio que duró más de cuarenta años.»

Fragmento 1 de 4 de esta intervención.

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