Nahuel González LópezSumar
Diputado
«En primer lugar, gracias, ministro Urtasun, por hacer desaparecer hoy a la asociación franquista Fundación Francisco Franco, que nunca más podrá existir. (Aplausos). Señorías, hoy no estamos discutiendo solo una iniciativa sobre libros; estamos discutiendo qué entiende esta Cámara por democracia, qué entiende por cultura, qué entiende por memoria, qué entiende por libertad. Porque lo que esta iniciativa pone encima de la mesa es algo muy serio: que en este país no hubo solo represión física por parte del franquismo; hubo también un proyecto consciente de devastación cultural; hubo incautación y destrucción de libros; hubo depuración de bibliotecas públicas y privadas; hubo persecución de maestros, bibliotecarias, editores, autores y libreros, y hubo una voluntad política de arrasar no solo con cuerpos, sino también con ideas, con palabras, con lecturas, con voces y con pensamientos. Y eso importa porque cuando se persigue un libro, no se persigue solo papel; se persigue una pregunta, se persigue una duda, se persigue una conciencia crítica, se persigue la posibilidad de que un pueblo piense por sí mismo. Cuando se vacía una biblioteca, no se vacían estanterías; se intenta vaciar la inteligencia democrática de una sociedad. Cuando se persigue a una maestra, a un bibliotecario, a un editor o a un librero, no se está atacando una profesión; se está atacando la posibilidad misma de una ciudadanía libre. Y eso hicieron los fascistas. Por eso, este debate no va solo del pasado, va también del presente, porque la pulsión censora no desaparece: se adapta, se recicla, se viste de gestión, se esconde detrás de informes, se disfraza de neutralidad, pero ahí sigue. La vemos cuando se bloquean títulos en bibliotecas públicas, como en Burriana; la vemos cuando se vetan publicaciones en nuestra lengua, como en el país valencià; la vemos cuando se arrincona la música propia de las lenguas del Estado; la vemos cuando se golpean espacios de memoria popular, como La Senda del Poeta del gran Miguel Hernández. Y conviene decirlo claramente: esto no es una anécdota, esto no es una simple discrepancia cultural; es una concepción del poder, es la idea de que se puede decir qué se lee, qué se pregunta, qué se recuerda, qué lengua merece visibilidad, qué memoria merece cuidados y qué cultura se premia y cuál se arrincona. Porque quien odia los libros suele odiar también la pluralidad, quien teme la cultura suele temer también el pensamiento crítico y a la ciudadanía, y quien persigue una lengua, una biblioteca o a un autor está diciendo mucho más de sí mismo que de aquello que intenta censurar.»
Fragmento 1 de 2 de esta intervención.