Nahuel González LópezSumar
Diputado
«Por eso, ese sector no necesita que lo insulten llamándolo chiringuito, necesita que lo escuchemos. Necesita estabilidad, financiación, distribución, salas abiertas y unas condiciones laborales dignas. (Aplausos). Y eso es precisamente lo que esta ley va a conseguir. Nuestro cine nos necesita, pero nosotros también necesitamos a nuestro cine. Lo necesitamos para conocer mejor este país, para reconocer a quienes lo construyeron, para celebrar las vidas que durante demasiado tiempo fueron obligadas a esconderse, para imaginar nuestros propios futuros y para no resignarnos a que siempre sean otros quienes decidan qué historias merecen existir. Durante décadas Hollywood, con sus películas, nos ha enseñado una forma de mirar el mundo. Ha conseguido que conozcamos mejor algunos barrios, como he dicho antes, que nuestras propias ciudades. Y por eso necesitamos entender que las imágenes no son neutrales. Aquello que vemos una y otra vez acaba pareciéndonos normal, deseable y universal. Y ahí también existe una lucha de clases: la lucha por decidir qué vidas merecen ser protagonistas y cuáles permanecer como figurantes, qué trabajos contienen épica, qué cuerpos merecen ser deseados, qué familias son consideradas normales, qué acentos se presentan como universales y qué futuros parecen posibles. Muchas veces llamamos universal a lo que simplemente ha tenido presupuesto para llegar a todas partes. Nueva York es tan universal como Vigo, Sevilla, Bilbao, Zaragoza, Badajoz, Palma o Valencia. Manhattan no contiene más humanidad que una cuenca minera, un pueblo agrícola, una isla, una comunidad pesquera o un barrio construido por sus propios vecinos. (Aplausos). La vida de un ejecutivo estadounidense no merece más relato que la de una aparadora de Elx, una mariscadora gallega, un trabajador del metal en Cádiz, una jornalera andaluza o una familia que busca a uno de los suyos en una fosa bajo tierra.»
Fragmento 3 de 5 de esta intervención.