Txema Guijarro GarcíaSumar
Diputado
«La supresión del voto rogado fue una buena reforma. Fue una reforma justa, una reforma democrática y, además, fue un éxito, porque devolvió derechos a quienes nunca debieron perderlos y porque permitió recuperar la participación política de una parte importante de nuestra ciudadanía, dispersa por el mundo. Aunque, por cierto, en ese voto exterior en las últimas elecciones -lo estaba ahora comprobando con mi compañero Alberto- fue la derecha quien ganó, pero eso no impide que sigamos defendiendo lo que defendemos. Por eso resulta especialmente preocupante cualquier discurso que vuelva a señalar al voto por correo o al voto exterior como una suerte de espacio sospechoso que exige de una vigilancia excepcional. La democracia no se fortalece dificultando el voto, se fortalece facilitándolo. Sembrar dudas sobre millones de papeletas legítimas no fortalece a nadie, salvo a los conspiranoicos. La historia nos enseña que los enemigos de la democracia con frecuencia comparecen precisamente como sus defensores más celosos. Por eso conviene distinguir entre quien quiere proteger el voto y quien quiere sospechar permanentemente de él; entre quien pretende ampliar derechos y quien necesita alimentar permanentemente desconfianzas; entre quien busca mejorar la democracia y quien parece empeñado en convencer a los ciudadanos de que no pueden confiar en ella. Así que la gran pregunta no es qué problema viene a resolver esta ley -ya lo decía antes el señor Sánchez Serna-, la gran pregunta es qué relato viene a construir. Y el relato es conocido: insinuar que existe un fraude que nadie consigue demostrar para poder cuestionar mañana unos resultados cuando estos no gusten. No estamos ante una reforma electoral, señorías; estamos ante una maniobra preventiva, conspirativa, un burdo intento trumpista por lo que pueda pasar. Muchas gracias. (Aplausos).»
Fragmento 4 de 4 de esta intervención.