Emilio Sáez CruzPSOE
Diputado
«Una palabra es poderosa -sí, señor Feijoo, es poderosa-, lo comparto, para bien o para mal. Y me explico. Permítame que les hable de manera sucinta de mí. Yo nací, como ustedes, sin ningún tipo de discapacidad y anduve un tiempo, como cada una de ustedes, hasta que la poliomielitis me vino a visitar para quedarse en mí para siempre, cuando apenas tenía tres años de vida. Siempre he sido de espíritu activo y eso me llevó a practicar, desde muy joven, deportes vinculados al mundo de la discapacidad, llegando a competir a nivel nacional e internacional en baloncesto en silla de ruedas y en atletismo en silla de ruedas. A lo largo de mi vida, he utilizado documentos oficiales en los que, como persona con discapacidad que soy, se me ha denominado de diferente manera. Les hago un resumen cronológico de dichas denominaciones. En los años setenta por escrito, por escrito, el Estado me denominó como subnormal -denominación dura, ¿verdad?-; en los años ochenta, inválido; en los años noventa, minusválido. Allá por los años noventa me llamaban minusválido, la importancia de un adjetivo. Paradojas de la vida, se me llamó minusválido el mismo año que logré ser subcampeón del mundo de atletismo en silla de ruedas en Inglaterra en 1990. (Aplausos). Se me llamó minusválido en la misma época en la que bajé de las dos horas en la maratón de Nueva York. Y también se me llamaba minusválido en la época en la que tuve el honor de representar a mi país como deportista paralímpico en Barcelona 92. Inválido, minusválido, menos válido. Probablemente, muchos de los presentes salgan a correr de manera habitual, pero ¿cuántos de ustedes son capaces de bajar de las dos horas tras recorrer los 42 kilómetros que tiene una maratón? (Risas y aplausos).»
Fragmento 2 de 7 de esta intervención.