Diputado
«Nada de esto habría sido posible sin el acompañamiento coreográfico de las llamadas pomposamente élites culturales, los cortesanos dedicados a pintar de colorines el expolio, los trovadores del desastre, los violinistas en mitad del hundimiento del Titanic. Los encargados de decir que vivir siempre en el mismo sitio te apolilla, que trabajar siempre en la misma empresa mata tu creatividad, que tener pareja estable te esclaviza y que tener hijos daña al planeta, que comprometerte con otros te encadena, que las tradiciones te barbarizan, que la verdadera realización reside en el éxito profesional individual y que la familia o la comunidad en verdad son jaulas doradas y que lo que debemos hacer es sospechar de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros vecinos y, por supuesto, de nuestra pareja. (Aplausos.-Un señor diputado: ¡Muy bien!). Han querido convencernos de que la peor de las drogas es el amor romántico y de que las seguridades laborales, sentimentales, residenciales o culturales son rémoras de otro tiempo felizmente superado; que tú puedes elegir quién eres y forjarte a ti mismo, como si no llevaras en el rostro, en la memoria o en el corazón la herencia de otros y como si no necesitáramos lazos con otros para poder vivir. Han tratado de inocular a nuestros jóvenes los peores virus posibles: el del engreimiento y el de la desconfianza hacia sí mismos, hacia su historia, hacia su cultura, hacia su familia, hacia su entorno, hacia su naturaleza, hacia su identidad, incluso, hacia el otro sexo, y esto es absolutamente lamentable.»
Fragmento 3 de 4 de esta intervención.